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No sabía

Por 16.04.2011

No sabía comportarse. Había estado tanto tiempo aislado, concentrado en sí mismo mientras preparaba sus oposiciones, que al intentar reintegrarse a la vida normal percibió como si lo hubiera perdido todo. Sus amigos ya no estaban, los sitios por donde se movía no existían o habían cambiado por completo y (lo peor de todo) no sabía relacionarse con los demás. Se encontraba perdido, necesitado de una rehabilitación dolorosa y complicada. Si te rompes una pierna en seguida te buscan una clínica donde hacer los ejercicios necesarios para recuperarte y, si es preciso, volver a aprender a andar. Pero ¿y si pierdes el hábito de relacionarte con los otros?

Así estaba él, inseguro y preocupado, pretendiendo recordar como se hacía eso tan aparentemente sencillo como entablar una conversación. Cualquier contacto humano más allá de pedir el periódico en el kiosko o pagarle a la cajera del supermercado le suponía un esfuerzo inusitado, hasta el punto de dudar si llegaría a conseguirlo. Al cuarto día prefirió esperar un mejor momento y volvió a casa. Le habían hablado de eso del facebook, una web para relacionarse con sus amigos. Pero ¿quienes eran sus amigos?

Con la esperanza de volver a encontrarlos lo intentó durante un par de días. Pero se encontró con el mismo problema, idéntico obstáculo, semejante valla delante de sus narices impidiéndole hacer aquello que tan bien se le había llegado a dar. El muro de esa red social tan afamada justificaba más que nunca su estúpido nombre. Eso sí que era un muro, una barrera sólida e infranqueable capaz de aventar a alguien impedido para el contacto con sus semejantes, como era el caso.

Pasaron los días sin terminar nunca de acostumbrarse a su nueva rutina. Todas las mañanas salía a la calle convencido de que había llegado el día. “Ya estoy preparado”, se decía a sí mismo. Su intención invariable consistía en algo tan simple como decir una palabra amable a cualquiera de las personas con las que seguía relacionándose a diario de forma fría e impersonal. Hablar del tiempo con un vecino en el ascensor, ayudar a una abuela a subir al autobús o decirle a una joven un piropo bien dicho. Iba de fracaso en fracaso. Había convertido su vida en un permanente descalabro. Nunca sería capaz de hacerlo.

Una mañana se sentó en un banco del parque, desde donde observar a las palomas. Al rato, un niño de unos seis o siete años se sentó a su lado y le espetó: “Son como ratas con alas”. Se hizo un silencio sepulcral. “¿Verdad que sí? ¿A que son igual que ratas?”. No contestó. “Dicen que se comen a sus crías y ensucian la ciudad, pero nadie se lo tiene en cuenta porque son bonitas. ¿Verdad que si fueran feas como ratas las exterminaría el ayuntamiento? Pienso que me pondré alas para parecer más bonito y que todo el mundo me trate bien”, terminó su reflexión el niño mezclando el pensamiento más básico infantil con una especie de filosofía irrefutable que llamó poderosamente la atención de nuestro protagonista.

Le miró con atención, lo cual extrañó al pequeño. “¿A que tengo razón?”, preguntó. “Sí, puede que sí. Pero no te pongas plumas, no hace falta”, le respondió sin apenas creerse que estaba hablando con alguien, por muy niño que fuese. “¿Ya soy guapo y no necesito alas? ¿Es eso?”, volvió a inquirir el chaval. “No… Bueno sí, pero no es eso. Eres guapo, ya lo creo. Pero cuando crezcas no te harán falta las alas. Nuestras alas son trajes de chaqueta con los cuales parecer lo que no somos”. El niño hizo una mueca entre escéptico y divertido. “Con un traje te bastará, hazme caso”, aseguró nuestro hombre. “Si tú lo dices… ¿Te gustan más las palomas o los gorriones? En mi calle hay muchos gorriones en los árboles, y yo a veces les echo miguitas de pan. Pero vigilo que no se las coman las palomas”. Entonces comenzaron los dos a charlar como viejos amigos.

Al día siguiente se levantó y sintió como si fuera otra persona. Salió a la calle, saludó a la portera con extrema amabilidad, le preguntó al camarero que le servía el café cada mañana por ese compañero del bar al que no veía desde hacía días, sonrío a la mujer del puesto de periódicos y, aunque le costase creerlo, elogió los ojos enormes y azules de una muchacha en el autobús. Su muro había desaparecido con pasmosa rapidez.

David Cano es editor y fundador de laGatera, editor y creador de la marca ‘El Gato encerrado’, además de fundador e impulsor de Atomible. Realiza labores de bloguero freelance y animador de comunidades. Administrador de más de 400 perfiles de empresa en redes sociales.

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